Relato de un viaje a San Juan de Manapiare

San Juan de Manapiare quizás sea la Meca del 4×4 venezolano. No son muchos los que han logrado llegar a este pequeño pueblo del Estado Amazonas en sus vehículos doble transmisión desde un primer intento bastante informal en junio de 1.977, y que el Caracas Jeep’s Club lo lograra por primera vez como resultado de sus “paseos” de 1.985, 1.987 y 1.989. Pero esa es otra historia.

Tanto se ha dicho, escrito y especulado respecto a la aventura que representa este viaje, que decidimos publicar aquí la verdadera verdad sobre un viaje a Manapiare.

Sólo uno de nosotros ha tenido la dicha de emprender este paseo, precisamente con el CJC, y a continuación transcribimos los comentarios, o más bien recomendaciones, que hace algún tiempo hiciera al respecto por otro medio en su lacónico y particular estilo:

A ver, mis recomendaciones:

El grupo de personas, es punto más importante en este tipo de viajes. Las personas tienen que conocerse y haber compartido paseos y viajes con anterioridad. Es decir tienen que ser panas y amigos de confianza.

Esto, ya que se trata de un viaje de 1 o 2 semanas (yo estuve 3) y debe haber armonia y sensatez en el grupo, a pesar de las hostilidades de la selva. Todos tenemos un caracter y hay que manejarlo de la mejor manera cuando se está por tanto tiempo juntos en una pica como esta. (esto no se trata de un domingo en la cangregera) Adicional a lo anterior se debe designar a un “lider” (no todos pueden ser caciques)

Cada uno que conforme este viaje, debe tener una responsabilidad:

.- El piloto y dueño del carro: Debe cuidar al máximo el carro. (Estamos bien lejos de casa) Adicional a esto, y por ser ellos los que menos esfuerzo y desgaste físico realizan, son los responsables de hidratar y alimentar a sus copilotos durante el recorrido en la pica.

.- Los copilotos de los carros, van “machete en mano” y caminando, abriendo paso a los caros en la pica, reparando puentes, buscando la pica que la selva se trago, despejando los “tapones” con machete, y motosierras producto de los arboles que se caen sobre la pica, cortando cualquier “tocon” que pueda dañar cauchos, radiadores, etc, instalando las “escaleras” para sortear los caños Etc Etc…

Se debe establecer un horario para rendir el tiempo y las fuerzas, lo ideal empezar a trabajar en la pica a las 8 de la mañana, eso implica levantarse temprano para desayunar fuerte, levantar campamento y darle un vistazo al carro. (aquí lo ideal es chinchorro con mosquitero, olviden las carpas de techo y por supuesto las carpas de piso y los colchones inflables) 2 comidas fuertes al día, el desayuno y la cena (el almuerzo debe ser algo fácil de preparar para no perder tiempo)

También de debe respetar la hora de armar campamento por la tarde, evitar en lo posible rodar de noche en la selva (allí es cuando ocurren los accidentes por falta de luz o cansancio) se debe parar antes del anochecer para preparar la cena y guindar los chinchorros, afilar los machetes, y las cadenas de las motosierras.

Sobre los carros:

Muchos carros aumenta el porcentaje de no llegar al destino. Un número bueno es de 4 o 5 carros máximos. (Este es un viaje de pocos carros, mucha gente) Los carros son para llevar la gasolina, y la comida. La gente va caminando frente a los carros trabajando. Prácticamente uno llega a Manapiare caminando.

Estos deben ir lo más liviano posibles, es decir les recomiendo dejar en casa todo lo que no hace falta llevar, y sabemos que se pueda dañar o perder, faros auxiliares (no hace falta) , antenas de radios (no importa que… la selva las va a romper), palas (no hace falta), cajones de equipo de sonido, porta ipod, porta celulares, tapicería interna, etc etc… “el carro debe ser monte-dinamico)

Al llegar a la entrada de la selva, remover los espejos de las puertas, y los cepillos de los limpiaparabrisas, campanas de los snorkel, así evitaremos que las lianas y matorrales los arranquen del carro. (yo en particular le quitaría las puertas a los carros “a los techo duro también” en primer lugar porque son un verdadero estorbo en la selva para montarse y bajarse del carro constantemente y además disminuiría los daños por abolladura y rayones.

El equipamiento de los carros:

De mas esta decir que todos los carros deben estar en perfecto estado (el dueño se debe sincerar sobre el estado de su carro y su participación) de esta manera se reducen los problemas mecánicos.

Se debe llevar cauchos que sean resistentes a cortadas y tocones, en mi opinión en particular el caucho ideal para esta pica es el super fanguero 7.50 16, ya que es un caucho bastante resistente y de excelente tracción. Un caucho mucho más liviano que un 9.00 16 el cual ayuda a prevenir daños mecanicos (juntas homocinéticas, cardanes, esparragos de rueda, piñon, corona, satélites y planetarios) Esta no es una pica minera donde se necesite cauchos altos (tipo Canaima)

Winche totalmente operativo, con automáticos de repuestos, perros para empatar guayas, polea, cadena, grilletes, cinchas.

Los bloqueadores de diferencial hay que usarlos de manera muy inteligente y solo cuando realmente sea necesario (el delantero es mejor dejar el swiche en casa para no caer en la tentación de usarlo) así evitaremos daños y roturas de transmisiones, puntas de eje, y juntas homocinéticas. Si el paso esta complicado, hay que trabajarlo, con picos, escardillas y escaleras. El carro hay que cuidarlo…

Conexiones para empatar tuberías de frenos, pegamentos epoxicos para reparar tanques de gasolina, radiadores, teipe plomo, alambre, etc..

Herramientas de trabajo:

-1 machete por persona (no debe haber nadie en la pica de observador o de brazos cruzados)
-1 lima por carro para afilar machetes
-Picos y escardillas varios, mínimo 2por carro (por si se rompe un cabo o se pierde en la selva)
-Minimo 2 motosierras con cadena de repuesto, lima para afilar la cadena, bujía de repuesto, aceite 2 tiempo. (la espada no requiere ser muy grande, una pequeña rinde más en la pica)
-Mandarrias pequeña y una caja de clavos grandes para reparar y construir puentes.
Cinchas de rachet varias (muy útiles para unir 2 rolas y construir un puente de manera rápida)
-Las escaleras ayudan sobremanera a sortear los caños de manera más fácil, reduciendo los ángulos de entrada y salida de estos, evitando lanzar los carros al caño disminuyendo así los daños en estos y en los winches.
-Nada de cavas con hielo, las neveras eléctricas, pueden ser una buena opción y todo un “lujo” en esta pica.

Mucho por hoy…

Saludos!!
¡Lo dicho!
Para narrar lo que realmente representa viajar a San Juan de Manapiare, necesitábamos obviamente a alguien que hubiera ido y que no sólo fuera respetado por su experiencia y destreza a bordo de un 4×4, sino que además tuviera la capacidad de echarnos el cuento de manera amena y precisa. Alguien cuyo relato estuviera libre de errores y exageraciones ridículas, cosa nada fácil en el ciber4x4 de hoy.

Es así como decidimos presentarles este relato de un viaje a Manapiare por Silviu Stanescu. Silviu nos había hecho llegar este escrito hace ya bastante tiempo, razón por la cuál, estamos seguros de que será el primer sorprendido al verlo aquí.

Sin más preámbulo que agradecer a Silviu nuevamente por este generoso obsequio, les dejamos con el que estamos seguros, es el mejor recuento de un viaje a San Juan de Manapiare escrito al día de hoy.

RELATO DE UN VIAJE A SAN JUAN DE MANAPIARE

Hay quienes creen en eso que llaman “destino”, hay quienes dicen que el destino lo haces tú.

Yo soy de los que creen. Esa es la única explicación que puedo dar al hecho de haber logrado conquistar el reto de San Juan de Manapiare, en mi primer intento, con solo tres carros y un equipo relativamente pequeño, de ocho personas, quienes la verdad sea dicha nos lanzamos a esta aventura muy poco preparados en cuanto a repuestos de los vehículos se refiere.

Hablo del destino porque hace 10 años, desde que vi por primera vez las fotos y escuché el relato de los integrantes del Caracas Jeep’s Club sobre el viaje a Manapiare, soñaba con emprender ese reto, pero por una u otra razón, nunca había logrado concretar nada. Es por esto que tres semanas antes de Semana Santa, cuando me encontraba paseando a mi perro bien temprano en la mañana y me encontré con Carlos Arcay (muy lejos de su ruta habitual) quien me invitó a formar parte del equipo que el y Carlos Cossé estaban coordinando para atacar la pica de Manapiare, me decidí a acompañarlos. Al final resultó que si Carlos y yo no hubiéramos cruzado nuestros caminos, ni ellos ni yo podríamos haber realizado el viaje, ya que la mayoría de los acompañantes y vehículos que estaban “confirmados” desde el año pasado, se echaron para atrás debido a la situación actual del país. Al final, salimos tres carros: la carreta de Arcay y los machitos de Cossé y el mío.

Una vez en Caicara del Orinoco, al otro lado del río, desayunamos, hicimos las últimas compras de machetes y otras herramientas, llenamos todos los tanques de gasolina, y tomamos la ruta hacia Guaniamo, que es la que nos lleva al Hato Las Nieves propiedad de la familia Rotondaro. La vía es asfaltada con uno que otro hueco durante unos 80 Km., después se convierte en una carretera de tierra en muy malas condiciones, la cual en invierno representaría una aventura por sí sola. Esto hace que la travesía hasta el Hato Las Nieves dure unas 3 a 4 horas. Una vez allí, llenamos los tanques hasta el tope con la gasolina de los bidones que traíamos en el vehículo de apoyo, nos habían dicho que se necesitan 220 litros pos carro para ir y venir hasta el Hato de los Rotondaro, después constataríamos que se necesitaban unos 250 litros y que nos quedamos cortos. También aquí le quitamos los retrovisores, campanas de snorkel, faros auxiliares y cualquier otro accesorio que sobresaliera del vehículo y que seguramente sería arrancado por las ramas, colocamos una malla protectora frente al radiador para poder limpiar con facilidad la inmensa cantidad de hojas y ramas que se acumulan ahí produciendo la subida de temperatura de los motores y arrancamos.

Rodamos bastante por la sabana antes de entrar a la selva, mucho más de lo que me imaginé, unos 65 Km. siempre sobre el terraplén que queda de la antigua carretera. Después de unas 2 horas y media de camino, llegamos a “Caño Glu Glu”, en otra época, el comienzo de todo. Pero para nosotros, se hizo fácil porque los indios habían construido un puente y a pesar de que su caudal se encontraba bastante crecido y el agua llegaba a rozar los 3 tronquitos del puente, Cossé y Arcay pasan sin mayores contratiempos, pero en el momento que yo estoy pasando se parte el puente (de los 2 lados) y quedo con la trompa del carro afuera, sobre la tierra y la parte trasera en el agua, me halan con una cincha y seguimos, no hay problema.

Continuamos y descubrimos que todos los puentes están hechos, “Caño Patín”, “Caño en V” inclusive el famoso “Puente Largo” y que no tenemos que utilizar las pesadas escaleras que trajimos sobre los carros para ayudarnos a cruzar estos barrancos. Por una parte nos alegra que nos hemos ahorrado al menos 2 o 3 días de trabajo fuerte, pero por otra parte, al menos para mi que soy primerizo en esta ruta, me decepciona un poco el no tener que enfrentarnos a estos legendarios y renombrados obstáculos, como lo han hecho varios amigos y conocidos antes que nosotros y de los cuales se habla en las tertulias más animadas alrededor del fuego de un campamento o una mesa de dominó.

Rápidamente llegamos a Rimöajé, un poblado indígena en medio de la selva, en donde habita una comunidad Piaroa muy organizada, evangélicos, no beben ni fuman, todo está muy limpio en el caserío y la gente es muy amigable. Sale TODO el pueblo a recibirnos y a curiosear. Muy amablemente nos prestaron para pernoctar una churuata que funge como escuela, lo cual fue muy oportuno ya que diluvió toda la noche. Sin embargo nos acostamos contentos, para nosotros, la verdadera aventura comienza mañana.

Comunidad Piaroa Rimöajé

Emprendemos nuestro camino a las 8:30 am, la pica es muy diferente a la recorrida hasta ahora, es una pica de indio, por la que pueden transitar una o dos personas a pie, la selva es muy cerrada y para cruzarla, vamos tumbando monte con los carros a fin de caber en ella. Cinco minutos después llegamos al primer caño, “Caño Así”). Nos lanzamos por la resbalosa pendiente, un chapuzón en el agua, un fuerte golpe, el impulso hace que la trompa del carro salga hasta el otro lado, pero no logramos subir, es muy inclinado y resbaloso, la subida al otro lado es muy larga, ni siquiera con un buen impulso se logra. Aquí empieza el duro castigo al que serán sometidos nuestros winches por los próximos días.

Silviu subiendo Caño Así

Continuamos el trayecto por un terraplén en medio de la selva con uno que otro claro de sabana, vienen más caños, muchos más, pierdo la cuenta de cuantos son; algunos se pueden pasar sin ayuda, otros con winche, y otros más hay que trabajarlos un poco con los picos para arreglar un tanto la entrada y la salida, siempre se requiere de algún trabajo, no hay ningún caño que se pueda cruzar sin esfuerzo.

Recuerdo la primera vez que saqué la motosierra del carro pero no recuerdo exactamente a qué altura de la ruta fue, era antes del mediodía cuando un gran árbol caído en medio de la pica nos obliga a abrir camino para bordearlo. A trabajar, unos con machetes otros con motosierras, abrimos una ruta alterna y seguimos. Después de este, vinieron muchos tapones más, no sé cuántos, no llevamos la cuenta, pero fueron muchos, cada uno requería que los macheteros limpiaran los troncos y piso de ramas, lianas y enredaderas para que los motosierristas hicieran su trabajo cortando los troncos y así lograr moverlos a pulso entre varios o halados con el winche cuando eran muy pesados.

Después de otros caños, todos con inclinaciones extremas en sus accesos, para los que se necesitó el fuerte trabajo de los winches y más selva cerrada, llegamos a un claro y un poco más adelante, a la izquierda, un barranco como de 4 a 5 metros que te conduce al Río Suapure. Yo lo había visto en fotos y en videos, pero cuando llegas aquí te da la sensación de que acabó la travesía, miras el río, la primera porción que tienes a la vista es de aproximadamente unos 100 metros de ancho y con un caudal inmenso, piensas que es imposible cruzarlo. Unos metros más adelante llegamos a la rampa que excavó el Caracas Jeep’s Club unos 17 años atrás para bajar al río y vemos que aquí su ancho es de unos 50 – 60 metros. A pesar de que parece estar muy alto, lo caminamos y descubrimos que en el lado norte, hay unos 10 metros en los que te llega el agua entre la cintura y la rodilla, después el nivel baja por debajo de la rodilla hasta unos 15 a 20 metros antes de la orilla sur, en donde la profundidad nos alcanza por encima de la cintura, casi hasta el pecho. El problema es que en la mitad del río y en la orilla sur, su fondo es de arena muy fina, más bien barro y nos hundimos hasta el tobillo, además la corriente es un poco fuerte, seguro que los carros se van a quedar pegados.

Cossé cuadra su carro en la rampa, lo lanza al vacío y cae en la playita de la orilla. Se queda pegado y hay que sacarlo con winche, una vez libre, se lanza al agua (con los Rolling Stones tocando “I Can Get No Satisfaction” a un volumen ensordecedor) y atraviesa hasta la mitad, en donde el carro pierde tracción y se hunde en la arena, el agua le llega por la mitad de las puertas y el carro está prendido, no hay problema, sacamos la guaya del winche, la pegamos de las cinchas que habíamos preparado y sale hasta la otra orilla sin mayores contratiempos. Arcay hace lo mismo, la “carretica” es mucho más liviana y pasa la playa, se lanza al agua y atraviesa hasta la parte profunda pero se apaga con el agua unos 15 cms. por debajo del capot, sin embargo sale con winche. Ahora voy yo, la rampa de bajada al río es casi un barranco, sientes que te vas a voltear para adelante, en lugar de cruzar hacia la derecha sobre la playa como hicieron Cossé y Arcay, intento aprovechar el impulso de la bajada para pasar la playita y seguir derecho hacia el agua, pero el barro que hay al final de la rampa y una lomita de arena hacen que me quede pegado, hago varios intentos hacia delante y hacia atrás, parece que voy a salir libre pero al final me quedo pegado sin remedio, hasta las trasmisiones. Saco la pala y empezamos a excavar, una vez libre me lanzo al río, todo va bien hasta que llego a la mitad y perdiendo tracción, el carro se hunde en la arena en el mismo lugar que lo hiciera el de Cossé unos 30 minutos antes, los cauchos que llevamos, ( 9.00 – 16 tipo militar) muy resistentes a los palos, no son nada buenos en arena. Salimos con el winche sin problemas.

Navegando en el Río Suapure

Cossé y Arcay en el Suapure

A las 6 de la tarde llegamos a una casita abandonada de adobe y palma, como está en un claro en la selva y bastante alejada de la comunidad indígena del Suapure, decidimos acampar aquí. Ponemos el toldo, sacamos las sillas, colgamos los chinchorros y empieza el diluvio. Preparamos nuestra cena bajo los toldos y después a dormir.

6:00 am. Continúa lloviendo. Hoy también empezamos temprano y a pesar de que aquí no hay indios curiosos, a los 10 minutos de que salimos de nuestros mosquiteros, aparecen los que serán nuestros compañeros incansables por el resto del viaje: las abejas y los pegones. Estos insectos, atraídos (creo) por nuestro sudor, llegan en centenares a revolotear, posarse sobre nosotros, zambullirse en nuestra comida, zumbar y en general, a desesperar al más guapo. Lo único que queda por hacer es optar por la salida psicológica y pretender que no existen, que el zumbido no se escucha, además de mentalizarse de que no hay que manotearlos para que no te piquen, pero al mismo tiempo resignarse a que tarde o temprano serás picado (varias veces al día) por abejas que se meten en tu axila justo cuando bajas el brazo, que se meten entre tu camisa por algún pliego, que estaban posadas sobre la palma de tu mano cuando agarraste el machete o la motosierra, etc, etc.

La protección contra las avispas

Aproximadamente a las 7:00am escampa. Acompañados por algo de sol recogemos el campamento y hacemos algunas reparaciones a los vehículos, lo más importante fue reparar un motor de winche quemado ya que sin este accesorio nos sería imposible continuar.

A cinco minutos del lugar de acampada, llegamos a “Caño Arena”, un cañito cuya entrada es bastante fácil, pero en donde la subida representa una pendiente de unos 50 a 60 grados de inclinación vertical, también con algo de inclinación lateral hacia la derecha donde hay un barranco y para completar, la subida es de arena, no hay absolutamente nada de tracción, los 2 primeros carros suben esforzando sus winches al máximo (con polea inclusive para multiplicar las fuerzas), pero abren unos huecos muy profundos, por lo que cuando me toca a mi y como consecuencia de los huecos, se me revienta la guaya del winche y uno de los rodillos sale disparado, además se me sale el caucho delantero derecho del rin y la ballesta trasera derecha se dobla al pasarse el gemelo para adentro. Retrocedo hasta el terraplén, reparamos todo, colocamos las escaleras sobre los surcos y esta vez si logro subir, con mucha ayuda del winche.

Caño Arena

Subiendo Caño Arena

Cruzamos varios caños más, con winche casi todos, algunos necesitan un poco de trabajo con el pico y llegamos a una zona que se reconoce por estar plagada de helechos de más de 2 metros de altura. La característica de los helechos es que son difíciles de cortar, son como un colchón que hace rebotar los machetes y agota a los que abren la pica, la única opción es lanzarles el carro para aplastarlos.

Otra vez entramos a una selva espesa, muy verde, muy húmeda, estás empapado de pies a cabeza todo el día en tu propio sudor. La vestimenta ideal, para evitar al máximo posible las picadas es botas, pantalón y camisa de manga larga abrochada en los puños y en el cuello, además es muy recomendable usar un sombrero, porque siempre caen insectos, palitos, hojas y otras cosas de los árboles y con el sombrero proteges tu cara y tu cuello. Nuevamente trabajan los machetes y las motosierras, trabajan fuerte porque hay muchos tapones. Luis y yo que somos primerizos en esta ruta, comentamos que nos parece que estamos avanzando demasiado lento, que nos va a tomar una eternidad llegar a San Juan, pero Cossé, Arcay y Pedro Pablo quienes vinieron el año pasado, nos corrigen diciendo que nuestro paso es excelente. La razón de esto es que una vez llegábamos a un tapón, los macheteros limpiaban el árbol o los árboles y dejaban a los motosierristas a que hicieran su trabajo, no esperaban a que pasaran los carros sino que seguían caminando adelante, abriendo la pica, limpiando de lianas y ramas el próximo árbol para que cuando llegaran a él los vehículos, el escenario estuviera preparado para que las motosierras entraran en acción. Cuando los macheteros estaban agotados, a mediados de la tarde, los pilotos/motosierristas tomaban los machetes y se iban para adelante, dejándoles los carros y las motosierras a ellos. Nuestro ritmo nunca amainó.

La carreta en el monte

Continuamos cruzando otros caños con winche y llegamos a una zona llena de matas de plátano, la ventaja es que son muy fáciles de cortar con el machete, inclusive te da una sensación de ser invencible cuado con un machetazo suave atraviesas una palma completa, se te reponen las amainadas fuerzas aunque sea psicológicamente, claro, eso hasta el próximo árbol…. En el platanal sales a una zona de mucho barro, que en el pasado, según videos que hemos visto, ha dado mucho trabajo a los grupos que pasaron antes que nosotros, pero esta vez logramos pasar con impulso sin quedarnos pegados más de una vez. Aquí es donde se ven varios pedazos de carros en el piso, escafandras de radiador, y otras piezas testigos del trabajo y penurias que habrán sufrido otras personas.

Un poquito pegao

Se hace tarde, como a las 5:30pm llegamos a un pequeño claro en la selva, de unos 20 mts cuadrados en donde puedes ver el cielo sin que te obstruyan los árboles y decidimos acampar allí. Abrimos un poco el espacio aplastando los arbustos y arbolitos con los carros y armamos el campamento. Mientras Héctor prepara la cena, Luis Enrique se queda dormido por el agotamiento, además le duele mucho la garganta producto de la humedad y el frío de la noche anterior, casi no puede hablar. Cuando la comida está lista, lo despierto para que coma y me dice que no, que lo que quiere es dormir, tengo que obligarlo a comer porque de otra manera mañana no va a servir para nada, además le damos unas medicinas para la garganta.

Hoy nos levantamos más tarde, a las 6:30am. Preparamos el desayuno, levantamos el campamento, Luis saca el esmeril y afila los machetes y hachas mientras que Cossé y yo reparamos el caucho que se me salió del rin el día anterior.

Cruzamos varios caños, algunos con winche y otros con cincha, no tan escabrosos como los del día anterior, pero que igual requieren de esfuerzo para sortear y seguimos por la selva con el mismo trabajo que los días anteriores: machete, pico, motosierra. Al principio la selva es muy verde y muy tupida pero a medida que avanzamos, los árboles se encuentran más separados y el piso se vuelve rocoso. Esta selva no es tan espesa, vamos avanzando a lo largo de un río (Río Negro? creo) pero las grandes piedras en la pica castigan fuertemente las suspensiones de nuestros carros por lo que el paso es igual que en la selva anterior, de unos 3 a 5 km/h según el GPS (cuando estás rodando). En este trayecto no conseguimos tantos árboles caídos, y aquellos que lo están, no tienen tantas lianas, enredaderas y bejucos por lo que nos rinde más, algunos inclusive los podemos pasar por encima.

Cruzando caños.

Y más caños.

De pronto una mala noticia, el chasis de Arcay se parte en la punta, donde está el pivote de la dirección, probablemente por el abuso de torsión en el trazado trialero que crean las grandes rocas. Luis Enrique le echa un vistazo y dice que hay que bajar el mataburro y el winche para poder soldar la pieza. Después de preparar la pieza con el esmeril, sacamos tres baterías, las conectamos unas con otras en serie y Luis se da a la tarea de soldar el chasis. Los primeros puntos abren hueco, demasiada fuerza, así que quitamos una de las baterías y el trabajo queda perfecto. El stress desaparece y todos estamos contentos. Recogemos las herramientas y seguimos trabajando la pica.

Más adelante, en un tramo especialmente tupido de selva, se detienen los vehículos y cuando nos disponemos a bajarnos machete en mano, aparece Carlos Arcay corriendo a toda velocidad en dirección opuesta, con los ojos fuera de sus órbitas por el miedo, lo siguen de cerca Pedro Pablo y Eduardo. Luis y yo nos miramos con cara inquisitiva uno al otro pero solo por unos segundos, de repente las vemos: avispas! Resulta que Carlos sacudió una mata con el carro y al ver las avispas enfurecidas, después de la terrible experiencia del año pasado en donde todos resultaron picados varias veces, no dudó en abandonar su vehículo sin techo y salir corriendo (prendido y con la velocidad metida, el carro siguió avanzando hasta que lo paró un árbol).

Como a las 5:00 pm llegamos a una sabana de aproximadamente 1 km de largo, es la entrada al Valle de Guanay. El paisaje es espectacular con el imponente Cerro Yaví a la izquierda y la Serranía de Guanay a la derecha, decidimos aprovechar el claro en la selva y acampamos aquí. Luis y Héctor aprovechan lo que queda de luz para bajar y reparar el arranque del carro de Arcay que se había trancado por el barro y arena. Armamos campamento y empieza una suave llovizna, pero todos estamos contentos, en especial Arcay porque su carro está 100% operativo otra vez.

La carreta en Guanay

Al día siguiente, después de una noche lluviosa muy tranquila, emprendemos la marcha bien temprano por un camino de muchas piedras. Son piedras grandes y difíciles de sortear, en especial por estar muy resbalosas debido a la lluvia de anoche. Pronto estas rocas hacen de las suyas con los carros, se les dan bastantes golpes. Mi parachoques trasero tiene las dos puntas dobladas hacia adentro y hacia arriba (visto desde atrás parece que el carro se estuviera sonriendo), no sé con cuál piedra habrá sido, adicionalmente le hacemos un raspón en el guardafango trasero izquierdo y ni hablar del caucho de repuesto que en cada caño empinado pega contra el piso doblando el porta caucho cada vez más hacia arriba.

Piedras

Caucho de repuesto pegando en el caño

Hoy el sol es inclemente, nos cansamos mucho más rápido por el fuerte calor. En algún punto de la ruta la motosierra de Cossé deja de funcionar y se dan cuenta de que se picó el cable de la bujía el cual está haciendo tierra con la carcaza metálica, por lo que Luis se queda atrás con mi carro para arreglarla. Tomo la motosierra pequeña y me voy con los macheteros para adelante. En algún punto en el que hay solo unos arbustos que ocupan a los macheteros me adelanto solo por la pica buscando árboles que sea necesario cortar para abrir el camino, estoy aletargado por el intenso calor (34C según un termómetro dentro de uno de los carros -a la sombra- realmente debemos estar trabajando a unos 40C vestidos de pies a cabeza). El viaje que hacen los macheteros es muy diferente del que hacen los pilotos, cuando vas caminando adelante, la pica no está abierta y es muy difícil localizarla, tu eres el que la abre a punta de esfuerzo, cuando llegan los pilotos, ya hay un rastro que seguir. De pronto la pica del indio se me pierde, pero puedo ver que es por aquí ya que es el único lugar en donde no hay árboles grandes, continuo como en un estado de trance, pienso que debo regresar para tomar agua antes de sufrir un golpe de calor. De repente el carro de Cossé se apaga y después de un rato de intentos para prenderlo descubren que se reventó una tubería de gasolina, probablemente arrancada por alguna rama; la reparación es rápida y seguimos. Llegamos a una selva menos tupida, más bien de arbustos mezclados con árboles y muy seca, como si la hubieran quemado. Este tramo nos da muchísimo trabajo porque las ramas secas no son tan fáciles de cortar con los machetes, conseguimos un tramo que tiene un tapón gigantesco, de varios árboles (los árboles cuando caen, no caen solos, se traen consigo un sinnúmero de lianas, bejucos, árboles más pequeños, etc que crean los renombrados “tapones” en la pica) , Héctor camina para adelante, para atrás, por un lado y por el otro, le da la vuelta y no consigue por donde bordearlo, así que lo atacamos de frente. Cuando ves todos esos arbustos, lianas, enredaderas, hojas, ramas y troncos atravesados frente a ti y que no permiten ver más allá de 2 mts, piensas: “Por aquí será el camino?” y cuando alguien contesta que si, que al internarse dentro del tapón se ven vagamente los montoncitos de tierra que alguna vez, hace más de 20 años dejó la máquina al abrir el camino, preguntas: “seguro?” y vuelves a preguntar una y otra vez pero ya sabes la respuesta, es por aquí y la única manera de seguir es abriendo un camino. Es evidente que por esta zona no ha entrado nadie en carro desde que el grupo Georama 4×4 de Valencia llegara a Manapiare en abril del año 2000 hace tres años, la pica es mucho más virgen que lo que hemos visto en días pasados hasta el punto en donde el grupo de Cossé y Arcay llegaron el año pasado cuando se vieron en la obligación de devolverse.

Construyendo puente.

Construyendo puente.

Cruzando puente.

Continuamos en la pica, en esta selva reseca donde hace muchísimo calor, no sopla nada de brisa y todos estamos aletargados, continuamos trabajando mucho con las motosierras, hay árboles caídos por todas partes. El trabajo con la motosierra, aunque parezca sencillo, es bastante extenuante, especialmente cuando atacas tu veinteavo árbol del día bajo un calor sofocante.

El cielo se nubla de repente y empieza a llover fuerte, que contradicción: agradecemos la lluvia porque baja la temperatura y nos refresca, pero al mismo tiempo se pueden crecer los caños y anegar la sabana imposibilitándonos el paso. Qué será mejor: calor o lluvia? Por ahora, la lluvia es muy bienvenida, después veremos… Tan rápido como empieza, la lluvia se detiene, ya no hace tanto calor. Tenemos al Yavi a la izquierda, una vista imponente y preciosa. Seguimos trabajando con las motosierras, se está terminando el día y la gente tiene muy pocas reservas de energía, todo el grupo está agotado, “falta poco para salir a la sabana”, llevamos 4 horas oyendo esto, Héctor caminó hasta allá, pero a pie el panorama es muy diferente. Por ahora nuestra única realidad es esta selva quemada, apenas hemos avanzado 6 kilómetros en todo el día, hoy es miércoles, o lunes? tal vez domingo? la noción del tiempo se pierde, ya no se cuantos días llevo aquí metido, me da la impresión de que hemos pasado semanas en este lugar, pero por ahora lo único que importa es salir de esta selva infernal a algo más verde, preferiblemente sabana.

Motosierra en acción

Por fin a las 6:49pm salimos a la sabana, “Sabaaaaaaaana”. Que bien suena esta palabra, que bien se siente estar por fin, afuera de la selva, además estamos en un lugar precioso, en el Valle de Guanay el paisaje es paradisíaco, me arriesgaría a decir que está entre los mejores del mundo. Estacionamos los carros como a las 8:00pm en un lugar amplio, sin ningún árbol cerca y colgamos los chinchorros bajo un cielo estrellado, espectacular.

Preparamos la cena, y empieza la tertulia acompañada de algunas cervezas bien frías y música. Definitivamente este fue el día más rudo de toda la travesía, pero el premio final es excelente. La sensación de estar en la sabana en un espacio abierto, es simplemente indescriptible, tienes que haber estado allí para entenderla (ahora la entiendo yo, después de haber escuchado los relatos de otros viajeros anteriores a nosotros) estamos todos eufóricos, sentíamos que San Juan de Manapiare estaba cerca, casi podíamos saborear el triunfo.

Al día siguiente nos levantamos tarde, a las 7:00am, todos con calma, cansados todavía del día de ayer. Sacamos muchas fotos del campamento con la imponente Serranía de Guanay al fondo y el Yaví del otro lado, estamos rodeados de tepuyes, de día la vista es espectacular, en momentos como este, en los que uno tiene el privilegio que pocos hombres blancos han podido tener, disfrutando de estas maravillas naturales, es que entendemos por qué nos encanta esto que hacemos y que muy poca gente entiende, la satisfacción de lograr conquistar un reto y el privilegio de observar los paisajes espectaculares es todo lo que se necesita.

Después del desayuno, afilamos las motosierras, machetes y hachas, levantamos el campamento y arrancamos al las 9:30am. rumbo al famoso Caño Santo.

Al principio de este trayecto, nos topamos con unos montículos de tierra que hacen el paso extremadamente lento a pesar de estar en la sabana, el GPS marca 3,5 km/h, le exigimos el máximo de quiebre a nuestros carros con cada montículo, no hay forma de esquivarlos, y las sacudidas que sentimos dentro de nuestras cabinas son muy fuertes, el castigo para las suspensiones es bárbaro; pero después de unas 2 horas encontramos una trilla de carro bien marcada que indica que las comunidades indígenas de la zona transitan frecuentemente por aquí con algún tipo de vehículo de 4 ruedas. Más adelante vemos a la izquierda sobre una loma, la casa abandonada del antiguo hato de la familia Zingg: el Hato San Pablo. Continuamos por la sabana hasta la Comunidad Indígena Valle Guanay.

Saliendo de la comunidad nos encontramos con un precario puente sobre un caño bastante largo y profundo. El puente está hecho para un camión 350, por lo que el ancho es demasiado para nosotros, nos demoramos una media hora en acomodarlo para poderlo pasar. Seguimos por la sabana y divisamos a la derecha, sobre la montaña santa, la “Piedra de la Virgen”, un montículo que a lo lejos semeja una virgen (realmente es así, no hace falta nada de imaginación para notarlo). De esta montaña fluye el renombrado Caño Santo, ya estamos cerca.

La Piedra de La Virgen

Cruzamos un morichal más y atravesamos una gran parte de sabana seca pero que nos da escalofríos al pensar que tuviéramos que atravesar mojada, es una sola bomba de kilómetros y kilómetros en donde nos quedaríamos pegados irremediablemente, otra vez agradecemos el que las lluvias nos hayan esquivado.

La llegada a Caño Santo, para mi fue un tanto decepcionante, pero culpo únicamente a mi desbordada imaginación, porque había oído hablar tanto de él que probablemente me cree una sobre expectativa. La verdad es que es un lugar precioso, con el Cerro Santo al fondo, el agua baja por un cauce de rocas inmensas que crean unas piscinas naturales muy sabrosas para bañarse. Durante el día el sol calienta estas piedras y esto hace que la temperatura del agua inclusive de noche, sea muy sabrosa, templada, muy distinto a lo que estamos acostumbrados con los ríos y caños de la Gran Sabana. Es un lugar paradisíaco de esos en los que unos se siente privilegiado por tener la posibilidad de experimentarlo en carne propia y lo mejor de todo es que debido a su inaccesibilidad probablemente permanecerá así por muchos años más, tal y como fue creado; ojala así sea. Sin embargo estamos tan cerca de nuestra meta que nos detenemos solo a llenar de agua los bidones, darnos un corto chapuzón y lavar una camisa cada uno, solo media hora antes de proseguir.

Inmediatamente después de Caño Santo entramos otra vez en la selva. Esta selva es diferente a la que hemos dejado atrás, es mucho más densa, mucho más verde y mucho más frondosa. Hay muchos palos con los que golpear la latonería y pronto no queda ninguno de los carros sano aunque sea con una pequeña abolladura además de muchos rayones de los que no salen ni siquiera con pulitura.

Unos 5 minutos después de dejar Caño Santo atrás, entramos nuevamente a la selva, tenemos suerte, a pesar de que esta selva es muy tupida, conseguimos muy pocos troncos caídos por lo que el trabajo con las motosierras que es lo que más te quita tiempo, se minimiza, (o tal vez después de nuestra experiencia del día anterior, nuestros estándares de evaluación han cambiado?) lo que si hace falta y en abundancia son los machetes. Seguimos trabajando, seguimos avanzando. Cruzamos más de 20 caños con fondo rocoso, son difíciles de atravesar, pero no hace falta la ayuda del winche ni de la guayaflex, normalmente se logra sortear estos obstáculos con uno o dos intentos de parte de cada quién, los bloqueadores de diferencial son una ayuda inmensa ya que ayudan a pasar sin castigar tanto al carro, pero hay que ser muy consciente en su uso, especialmente el delantero ya que aquí no te puedes dar el lujo de partir una punta homocinética (sobretodo nosotros que no trajimos este repuesto tan importante en este tipo de viajes). Aquí, el hecho de que somos solo tres carros nos permite avanzar mucho más rápido, ya que si fuéramos 5 o 6, el tiempo necesario para salvar los obstáculos sería el doble.

Continuamos avanzando, cortando uno que otro árbol caído más grande, pasándole por encima a muchos de menor diámetro, ya estamos tan cerca de la meta que empezamos a darle más duro a los carros para pasar, esto es peligroso, hay que cuidarlos no solo para entrar, sino también para que te puedan sacar, en San Juan estás solo a la mitad del camino, pero el cansancio y el deseo de llegar por fin a nuestro objetivo, nos hace olvidar esta importante norma. Decidimos “hacer lo que no se debe” y continuamos de noche, el GPS marca escasos 15 kilómetros hasta Manapiare. El trayecto nocturno es interminable, como no ves el cielo no sabes si estás cerca de la sabana o en medio de la selva.

De repente, a mano izquierda nos conseguimos un inmenso rodillo abandonado y un poco más allá a la derecha, un Bulldozer Caterpillar que probablemente fueron utilizados para la construcción de la hoy olvidada carretera y que en la época de la “Venezuela Saudita” fueron abandonados por algún desperfecto. Ya salimos, conseguimos el terraplén, y empezamos a rodar a buena velocidad, nos topamos con un puente caído por lo que tenemos que bajar del terraplén atravesando una zona trialera de muchas piedras grandes para salvar este obstáculo adicional. Regresamos al terraplén y después de unos 10 minutos llegamos a Edelca, más adelante a mano izquierda una escuela y a mano derecha un Toyota FJ-40 blanco abandonado, de repente el camino de tierra se convierte en pavimento, sacamos la 4WD por primera vez en muchos días y después de una cuadra llegamos de frente al “Bar Manapiare” (que apropiado), “Welcome to San Juan de Manapiare; population 1800 hab”.

Hay bastante gente frente al bar, todos nos saludan muy emotivamente diciendo “bienvenidos a Manapiare”, nos preguntan como estamos, cómo están los carros, nos abrazan como si fuéramos amigos que no han visto desde hace mucho y a pesar de ser pasadas las 12 de la medianoche, sale el Prefecto a recibirnos (el Alcalde se encuentra de viaje) y otras personalidades. Nos confirman que hace tres años, “desde que vino el Sr. Hugo Madríz” no lograba entrar nadie en carro.

Agotados, pero muy contentos nos instalamos en una churuata que nos prestan dentro de la Comisaría.

Al día siguiente, comenzamos con las reparaciones de los vehículos a fin de emprender el regreso. Conseguimos un lugar que muy amablemente nos abrió sus puertas a las 7:30am de un viernes santo para prepararnos unas arepas de lapa muy buenas. Después nos dedicamos a reparar los carros: el winche de Cossé otra vez no funcionaba, pero con una limpieza del motor, nuevamente quedó operativo aunque nos preocupa que ya está muy sentido, Arcay le cambió todos los bujes traseros a su carro, porque ya los tornillos estaban pegando directamente en los ojos de las ballestas, además reparó un caucho que traía pinchado y también enderezó un poco la barra de la dirección que se dobló con algún palo por la trilla. Después, en Edelca, muy amablemente nos prestaron el compresor de aire para llenar los 2 cauchos reparados y un caucho de mi carro que estaba perdiendo aire por tener unas astillas de palo clavadas en la pestaña del rin y además, nos facilitaron la máquina de soldar para reparar los tubos de escape de la carreta y de mi carro que se habían despegado casi por completo. Una inspección del chásis de Arcay indica que no hace falta ningún refuerzo de la soldadura realizada en la trilla. Después del desayuno, cuando ya los carros estaban preparados, llega el Prefecto con una sonrisa de oreja a oreja y nos informa que logró localizar 100 lts de gasolina en una casa y que la propietaria está dispuesta a venderla para que podamos emprender nuestro regreso sin problemas.

Después de preparar los carros y tomar la “obligada” foto en la pista con el letrero que dice “Bienvenidos a San Juan de Manapiare”, a las 12 del mediodía, con menos de 12 horas en el pueblo que fue nuestra meta por los últimos días (no hablemos de años de soñar con el), emprendemos nuestro regreso. San Juan de Manapiare es un pequeño pueblo a la orilla del Río Manapiare, que de no ser por el atractivo que representa para nosotros el duro trayecto que conduce hacia el, nunca habríamos visitado. La verdad, no hay mucho que ver, un par de calles pavimentadas, un río, una pista y un hangar prácticamente abandonados, varias bodegas en donde venden de todo, desde ropa hasta comida y muchas casas pequeñas en donde habitan sus 1800 pobladores. Ahora queda el regreso, como dijo un integrante del grupo “llegar es medallita de plata, lograr salir con los carros enteros por tierra es medallita de oro…”

Demasiado rápido pasamos el Caterpillar y el rodillo y llegamos a la entrada del túnel que representa la selva. Nos internamos en ella, es increíble que hace menos de 12 horas hayan pasado tres vehículos por aquí y en muchos lugares te tienes que detener para que el copiloto se baje y constate por donde va la trilla, los pequeños arbolitos que aplastáramos con nuestros carros a la entrada ya estaban parados otra vez, desafiantes tapando el camino. Por esto es que de un año a otro, aunque haya logrado llegar alguien a Manapiare, el grupo que lo intenta después deberá trabajar, trabajar y trabajar para llegar, la selva reclama lo que es suyo con una velocidad impresionante. Sin embargo nuestro paso es sorprendentemente rápido, ya no hay árboles caídos y los caños que requerían trabajo con pico ya han sido arreglados, rodamos varias horas continuas sin tener que bajar de los vehículos, siempre muy atentos a los palos que cortamos en nuestra entrada y que ahora nos esperan mirando de frente, para agujerear radiadores, romper tuberías de freno y gasolina, pinchar cauchos, etc. Es por esto que en este tramo, siempre que sentimos algo por debajo del carro nos bajamos a inspeccionarlo, minimizando así el riesgo de arrastrar un palo enredado en nuestros cardanes que rompa alguna tubería. Nos paramos muchas veces a revisar y en varias ocasiones esta precaución dio resultados porque encontramos palos enredados en lugares “peligrosos”.

A las 5:00 pm, después de rodar sin parar, nos detenemos en un claro para estirar las piernas y descubrimos que uno de los acopladores de Cossé partió todos los espárragos y estaba a punto de salirse. Sacamos una tapita de macho regulado, el esmeril, las baterías, las pinzas de soldar y manos a la obra. No es la mejor solución, pero tendrá que servir por ahora.

Probablemente no fue la decisión más sabia, pero queremos acampar en Caño Santo por lo que optamos rodar toda la noche, cuanto tiempo haga falta para llegar a darnos un baño en sus cálidas aguas. El trayecto nocturno se me hace interminable, estamos cansados por el desgaste de los días anteriores y en especial por la falta de sueño de la noche en la churuata de la policía. Con el cansancio vienen los errores, a pesar de que Luis está muy atento a su lado del vehículo, yo empiezo a perderle respeto a los palos, dejo de ser tan cuidadoso al pasar por los lugares en donde limpiáramos tapones de entrada que son los que representan un riesgo mayor por haber muchos palos en posiciones extrañas, y en uno de esos pasos, le doy un fuerte golpe al carro dejando una abolladura importante en el guardafango izquierdo delantero; cuando me voy a bajar del carro, la puerta no abre y tenemos que acomodar el guardafango con una pata de cabra. Qué le vamos a hacer… son “heridas de guerra” que todos esperamos sucedan. Estoy tan cansado que le entrego el carro a Luis Enrique y a pesar de las fuertes sacudidas en el trayecto caigo en un profundo sueño. Me despierto en un caño de arena en el que Arcay se queda pegado por un tronco que se le clavó en la transmisión delantera, todos estamos agotados, los errores que cometemos son elementales, el sacar el carro del caño nos toma al menos media hora, mucho más tiempo del necesario, todos nos movemos como sonámbulos. Pero el carro sale libre y el cañito nos recuerda que falta muy poco para Caño Santo. Al cabo de unos 40 minutos llegamos al fin, son las 12:23am .

Esa noche, Caño Santo nos regala un cielo espectacularmente estrellado, las nubes que había cuando llegamos desaparecen como por arte de magia y dormimos profundamente hasta el día siguiente, refrescados siempre por una brisa “veranera”.

La mañana empieza tarde, como a las 8:30am porque colocamos nuestros chinchorros en una posición estratégica en la que los árboles nos protegen del sol. Una vez levantados, todo el mundo saca su ropa sucia y se dirige al caño a lavarla. Estas labores nos toman un par de horas y la lavada mezclada con bastantes cervezas se convierte en una animada tertulia que se extiende hasta las 3:00pm, hora a la cual decidimos arrancar. A pesar de que nos gustaría olvidarlo y quedarnos aquí al menos 1 semana, tenemos que enfrentar la realidad.

Cervecitas en Caño Santo

El regreso por la sabana es muy rápido debido a que ahora tenemos el track marcado en nuestros GPS y no hay problemas con la orientación. Continuamos por la sabana, está mojada pero vemos con alivio que el agua fluye libremente sobre ella lo que significa que todavía está drenando hacia los ríos y caños, por lo que todavía no se ha anegado. Llegamos al lugar en el que acampamos de ida, el lugar en el que hace unos días celebramos el salir de la selva y lo encontramos cubierto con unos 10cms de agua, menos mal no llovió mientras acampamos aquí. Después de cruzar un par de caños un poco difíciles, que estaban bastante altos por las lluvias y en donde fue necesario utilizar nuevamente los winches, atravesamos un tramo corto de selva y salimos al último pedazo de sabana. Decidimos acampar justo antes de adentrarnos en la selva seca que tanto trabajo nos dio hace unos días.

La mañana siguiente, levantamos campamento muy rápido y ya a las 7:15 am estábamos rodando. A diferencia de la selva verde y frondosa que hay entre Caño Santo y Manapiare, esta selva no se levantó tan rápido por estar seca, los palos, ramas, lianas, bejucos y arbustos que cortamos y aplastamos en nuestra entrada, siguen postrados, muertos, no se levantan, por lo que el avance por este tramo de pica, seis kilómetros que nos tomaron un día entero de mucho sudor, los logramos recorrer en poco más de una hora, nuestra velocidad varía de unos 4 a 10 km/h, pero es muy alta para el promedio normal. Rápidamente pasamos por la selva rocosa, Caño las Piedras, el pequeño pedazo de sabana en donde acampamos, más adelante llegamos al lugar en donde se soldó el chasis de Arcay y seguimos hasta que aproximadamente a las 4:00pm arribamos a la orilla del Río Suapure.

Una primera inspección del lugar de vadeo, indica que el río tiene unos 10cms más de agua que en nuestro primer cruce, esto lo pudimos constatar gracias a una marca que se hizo en un palo, pero al mismo tiempo nos percatamos por las marcas del agua en el terraplén, de que durante nuestra ausencia el río había crecido al menos 1 metro y medio, lo cuál lo hubiera hecho infranqueable. Menos mal que el inicio de la temporada lluviosa se interrumpió por unos días, lo cual hizo que el Suapure bajara sus niveles y nos permitiera cruzarlo.

Se hicieron rápidamente los arreglos necesarios como impermeabilizar los distribuidores, colocar cinchas en lugares estratégicos y Arcay lanzó su carro. El carro se apagó en la parte más profunda sin hacer mucho esfuerzo, rápidamente se enganchó el winche en una de las cinchas colocadas con anterioridad y sacamos el carro hasta la otra orilla. Mientras Arcay secaba su distribuidor y el resto del sistema eléctrico de su carro, Cossé se zambulló. A diferencia de cuando cruzas de norte a sur, en esta dirección el chapuzón profundo es el primero, al estar más profundo, la ola te llega casi a la mitad del parabrisas, el carro de Carlos Cossé avanzó bastante bien en dirección de la parte menos profunda del río, corriente arriba, pero la fuerte corriente en este tramo y la suave arena hicieron que su carro se atascara todavía en la parte profunda, salió con el winche. Llegó mi turno, aceleré un rato para que se desconectara el fan clutch y al escuchar que este se desacoplaba, lancé mi carro al agua. La ola llegó bastante alto, el compresor de aire inyectando presión al distribuidor, hizo que el carro no tuviera ningún problema eléctrico por agua, pero al llegar a la subida en donde el río se empieza a poner menos profundo, me quedé pegado en la salida con el agua por las manillas de las puertas. El winche solucionó rápidamente y llegamos a la otra orilla sin problemas. Ahora quedaba el ascenso por la empinada pendiente de arena. La carreta subió sin problemas, aunque se ayudó el winche con una polea. A Cossé, en vista de que su winche venía bastante debilitado, además de la polea se le ayudó con el winche de Arcay. Una vez logras salir de la arena para presentar el carro en la subida, te das cuenta de que la inclinación es muy fuerte y que no hay mucho que puedas hacer para ayudar al winche ya que en la arena si aceleras mucho, el carro en lugar de ayudar, puede empeorar la situación abriendo unas profundas zanjas. Mi carro subió con su propio winche, ayudado con polea para multiplicar las fuerzas, la tensión sobre la guaya es tan extrema que se pueden escuchar algunos pelos de la misma reventándose debido al esfuerzo.

Ya estábamos arriba del terraplén, despidiéndonos del Suapure y pensando en llegar a Rimöajé a solo 9 kilómetros para acampar allí. Nos quedan 3 caños muy empinados por delante y los escasos kilómetros, a pesar de estar bien abierta la pica y sin troncos caídos se convierten en 5 horas.

Poco después de salir del Suapure sobre el terraplén mi carro empieza a fallar, nos percatamos de que un fuerte golpe que recibió el tanque de gasolina, hizo que este se abollara y deformara de tal forma que permitió el paso del agua, por lo que ahora estábamos en problemas porque no teníamos más gasolina (a estas alturas, todos los carros contaban con aproximadamente un cuarto de tanque para salir hasta el Hato Las Nieves) y la abolladura, justo en el medio, hacía que el drenaje del tanque quedara por encima del nivel de gasolina por lo que drenarlo para sacar el agua era imposible. Seguimos así fallando hasta que el carro se apagaba, lo dejábamos reposar un poco y luego lo encendíamos y rodábamos un poco más, el mayor problema se presentó en los caños en donde la inclinación extrema hacía que el motor se apagara por falta de gasolina.

Por fin llegamos al último caño (Caño Así) y como previendo lo que le venía mi carro dejó de fallar. Héctor analizó la situación y animó a Arcay para que se lanzara, “hemos pasado obstáculos más difíciles” dijo, Carlos un poco desconfiado ya que el año pasado habían tenido que bajar este caño amarrados con el winche por detrás simplemente presentó el carro a la empinada bajada pero antes de poder tomar una decisión, el carro resbaló al vacío y llegó al fondo con un fuerte chapuzón. Después, con la ayuda indispensable del winche, logró subir al otro lado. Llega el turno de Cossé. Era de noche, y lo que yo pude ver entre la frondosa vegetación fueron sus luces traseras rebotando y cayendo al vacío. De repente mis faros alumbran a una persona que viene subiendo por la pendiente con mucho trabajo, resbalaba continuamente y cuando al fin logra llegar arriba, me doy cuenta de que es Luis Enrique. Mi copiloto venía a informarme sobre la situación, con su habitual tranquilidad y cabeza fría en estos casos. Me preocupé un tanto cuando Luis se asoma en mi ventanilla y la luz de la cabina me permite verle los ojos muy abiertos por la impresión, sus experimentadas palabras de aliento fueron “chamo, esa vaina está carteluda, agarra el volante DURO con las dos manos y no frenes porque te puedes ir pa’l barranco”. Después de estas alentadoras palabras me coloqué el cinturón de seguridad por primera vez en varios días y presenté el carro en el comienzo de bajada, cuando sentí que a pesar de estar frenado comenzaba a deslizarme hacia abajo, solté los frenos y empecé a caer, caer y caer, maniobré en la curva a la derecha que tiene la pendiente y después me afinqué con fuerza sobre el volante para que no se moviera en el último tramo con unos 70 de inclinación, llegando al caño el parachoques delantero se clava en su lecho con un fuerte golpe, salpicando agua para todas partes y cuando vi que Héctor sacaba la guaya del winche para engancharme a fin de subir, supe que había terminado la montaña rusa. Puedo comparar la experiencia con “Splash Mountain” en Disney, con vacío en el estómago, chapuzón de agua y todo, solo faltó la foto de mi cara. De hecho, para nosotros, este caño de ahora en adelante se dejaría de llamar “Caño Así” para llamarse “Splash Mountain”. Logramos salir todos enteros de el.

Después de este obstáculo solo nos faltaba el caño que bordea Romöajé, los indios habían construido un puente con 2 troncos. Mi carro estaba fallando mucho por el agua en la gasolina, así que tuvimos que ponerle gasolina con aceite dos tiempos de las motosierras (la única que teníamos) directo en el carburador para pasar.

Una vez en el poblado, nos instalamos nuevamente en la escuela y nos sentimos como en casa, los indios nos reciben como a viejos amigos por lo que la cena y la tertulia, acompañadas de suficiente cerveza y uno que otro habano se prolongan bastante. Poco a poco cada uno de nosotros se va retirando a su chinchorro y pronto estamos todos profundamente dormidos.

Mañana saldremos de la selva y regresaremos a casa, a soñar con el trayecto. Seguramente estaremos dispuestos a jurar que “nunca más volveremos”. Pero la selva te llama, volverás más rápido de lo que te imaginas.

Silviu Stanescu

tv

2 thoughts on “Relato de un viaje a San Juan de Manapiare

  1. Muy buena crónica de un viaje único, ya me parece tan lejano de aquella última vez que pude estar allí…

    … gracias!

    – LULO –

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